Para comenzar a enseñar nuestro armario de moda y cine según ese criterio temporal, qué más apropiado que empezar por donde generalmente lo hacemos al vestirnos: por la ropa interior.
La camiseta interior masculina es una prenda que evidencia como pocas la influencia del cine sobre la moda, demostrando su capacidad para arruinar el producto y también para ponerlo de moda. En una secuencia de Sucedió una noche (1934) Clark Gable se quitaba su camisa y debajo no llevaba camiseta interior. Esa acción, en apariencia trivial, tuvo un efecto tal entre el público masculino que hizo descender enormemente su venta, lo que afectó a fabricantes y tiendas.

Tendría que ser nuevamente una película la que casi veinte años más tarde haría mucho por su recuperación, yendo incluso más allá. Llegaremos a ello más adelante.
El siguiente paso al enseñar este armario de moda y cine me lleva justo a una prenda en cierto sentido opuesta, por tratarse de un abrigo. La conexión está en ser una prenda de uso masculino, un vestuario mucho menos atendido en esta relación entre moda y cine que el femenino. Hablo de la gabardina.
El mismo año en que Clark Gable “despreciaba” la camiseta interior, Fred Astaire, adalid de la elegancia de la moda masculina, aparecía en unas secuencias de La alegre divorciada (1934) llevando una gabardina de Burberry colgada del brazo. Como consecuencia de ello aumentaron sus ventas, por la connotación de estilo elegante que le confería la estrella de los musicales.

Pocos años más adelante Humphrey Bogart volvió a ponerla de moda en la mítica Casablanca (1943) al lucir una trinchera de la misma marca, llegándose a convertir en un icono de Burberry. “Durante los años 40 la prenda se popularizó en las películas de espías y detectives. Humphrey Bogart se convirtió en un icono gracias a papeles como El Halcón Maltés o Tener y no tener donde se enfundaba en una gabardina.” (Lola Delgado, Retales de un idilio).

Vamos a continuación con dos ejemplos que nos permitirán conocer que muchas prendas y complementos hoy habituales, que van y vuelven, cada ciertas temporadas, a las pasarelas y a las tiendas, son en realidad invenciones de modistos de Hollywood de este periodo, con el que querían acentuar el glamur de una determinada estrella.
En este sentido merece la pena detenerse en las creaciones del mítico Adrian, que fue el artífice del vestuario en la MGM desde 1928 a 1942. Entre otras estrellas contribuyó a impulsar la carrera de Greta Garbo, uno de los iconos de los 30, con el sombrero flexible. Este complemento sigue tremendamente vigente en las creaciones para las pasarelas de diseñadores actuales en múltiples versiones.

Adrian sabía también cómo sacar partido de las imperfecciones hasta el punto de crear tendencia en la moda. De este modo creó para la estrella Joan Crawford un estilo que destacaba sus hombros, lo que ayudaba a compensar la anchura de sus caderas, diseñando hombreras para sus vestidos, como en Alma en suplicio (1945). Hay que considerar que hasta entonces ese complemento nunca se había usado para la moda femenina, era exclusivo de los hombres. Él fue el catalizador del énfasis puesto en los hombros, que desembocó en las hombreras para mujeres. Esta moda volvió con fuerza en los ochenta y, si bien menos prominentes que entonces, siguen usándose en la actualidad y seguro que reviven en el futuro.


Otro de los hitos que se atribuye a Adrian sobre cómo a través del cine influyó en la moda de la calle fue su vestido blanco de volantes en los hombros, también para Joan Crawford, en la película Lenny Lyton (1932).
La propia actriz fue pionera en la conexión entre el cine y la moda al conseguir que el patrón de ese vestido fuese solicitado a la Metro por las grandes firmas de la Quinta Avenida de Manhattan y así satisfacer las demandas de sus exclusivas clientas. Fue de las primeras prendas objeto de deseo que conquistaron al público y los almacenes Macy’s de Nueva York vendieron medio millón de unidades a 20 dólares cada una.

Una de las tendencias de la moda de aquella época, cuando la mujer empezaba a abrirse paso en un mundo de hombres, fue el estilo masculino. Una actriz verdaderamente osada para la época en esta tendencia fue Marlene Dietrich, quien en los años treinta impulsó un estilo varonil al llevar pantalones de pinzas y trajes masculinos, incluso con esmoquin en la película Marruecos (1930) diseñado por Travis Banton.

Ese esmoquin lo hemos visto posteriormente rediseñado por Yves Saint Laurent para Catherine Deneuve y por Ralph Lauren para Madonna. También lo ha llevado últimamente Blake Lively.

Siguiendo esta línea del estilo masculino para las mujeres, en los años cuarenta se hicieron populares otros iconos míticos de la moda. Una de las actrices que prolongó ese estilo adelantado a su tiempo fue Lauren Bacall, que vestía muchas veces pantalones de corte elegante.

Más importante ha sido la huella de Katharine Hepburn. En su vida ordinaria vestía a menudo con pantalones caquis y jerséis de cuello alto, pero también los llevaba frecuentemente en sus películas. Los diseñadores más importantes de su época como Howard Greer (La fiera de mi niña) o Cecil Beaton (My Fair Lady) hicieron creaciones para ella y su estilo ha sido imitado millones de veces. Quizás la Hepburn pretendía hacer honor a ese pensamiento de Yves Saint Laurent: “Nunca una mujer fue tan femenina como cuando se vistió de hombre”.

De ese estilo, con el que Katharine Hepburn marcaría tendencia en la moda, tuvo buena parte de culpa la gran diseñadora de la Metro Goldwyn Mayer Elsa Schiaparelli, que se convirtió en una de las mayores influencias en la década de los 30 y los 40 llegando a ocupar la portada de la influyente revista Time en 1934.

Schiaparelli fue crucial para darle un giro a Katharine Hepburn y transformó su estilo desgarbado y masculino dándole un toque de distinción. La Metro Goldwyn Mayer había intentado esconderle su ropa estilo “tomboy” de pantalones amplios, camisas y jerséis muy sueltos para vestirla más femenina fuera de la pantalla, pero no funcionó. Hepburn optaba por sencillo estilo casual masculino en contraste con la exuberancia femenina en la moda.
Ella acompañaba a los modistas para elegir los trajes de sus películas y decía: “Cada vez que oigo a un hombre decir que prefiere a las mujeres con faldas le digo: ‘¡Ponte una, ponte una falda!’” Cuentan que cuando fue entrevistada por la famosa periodista Barbara Walters, le preguntó si no tenía ninguna falda, a lo que Hepburn contestó: “Tengo una, señora Walters. La llevaré en su funeral”.

Gracias a estas actrices pioneras y a los diseñadores que crearon el vestuario de sus películas, las mujeres han ido progresivamente despojándose de las faldas y prefiriendo el pantalón. El pantalón femenino se ha convertido en un clásico que no dejamos de ver en pasarelas y colecciones como las de Yves Saint Laurent, Donna Karan o Ferragamo.
Si Schiaparelli fue significativa para actrices como Katharine Hepburn y supo influir en la moda del momento, otra diseñadora de vestuario mítica desde finales de los 30 hasta los 70 fue Edith Head, que sería relevante para otra Hepburn crucial en la moda: Audrey Hepburn.
Edith Head fue la responsable del departamento de vestuario de la Paramount y viajó a París donde conoció a diseñadores como Balenciaga. Vistió a las grandes estrellas de la época, escribió libros sobre estilo al vestir, tenía su propio programa radiofónico y salía en programas de televisión hablando sobre el vestuario. Su popularidad es tan grande en Estados Unidos que el propio cine la ha inmortalizado en el personaje de la carismática Edna Moda en Los Increíbles (2004). Incluso Google le dedicó su Doodle con motivo del aniversario de su nacimiento.

Las actrices la apreciaban por hacerlas partícipes del proceso de creación del vestuario. Eso contribuyó a evitar conflictos que habían tenido sus predecesores. Ella era consciente de que, como alguien dijo, “el 80% de lo que hace un diseñador de vestuario es psicología (vencer egos, inseguridades, crisis de confianza…) y solo el 20% es arte”.
En sus primeros tiempos Head creó uno de sus iconos, un vestido dos piezas cubierto de lentejuelas para Shirley Ross en The Big Broadcast of 1938 (1938). A Head se le atribuye haber convertido a Barbara Stanwick en una actriz y mujer con glamur camuflando su problema de trasero caído cubriéndola de lamé dorado.

El vestido de novia para Elizabeth Taylor diseñado por Head en Un lugar en el sol (1952), premiado con el Oscar al Mejor Vestuario, que seguía el estilo de Christian Dior vendió miles de copias en las tiendas y fue el referente para muchas jóvenes norteamericanas. Es un ejemplo perfecto de cómo una marca de moda, pasada por el tamiz del cine, regresa a la moda impulsando una tendencia.

La actriz que le dio más reconocimiento fue, sin duda, Audrey Hepburn. Y es que si ha habido una actriz que ha condicionado la moda todavía más que las más selectas modelos profesionales fue ella. Edith Head fue la encargada de diseñar su vestuario para Vacaciones en Roma (1953) cuando era una desconocida. Al año siguiente se produjo todo un hito en la historia de la moda con Sabrina (1954), aunque buena parte de los vestidos recordados por esa película no fueron de Edith Head. Audrey Hepburn le propuso a Billy Wilder un vestuario realmente parisino para su personaje. El director aceptó y la actriz viajó a París para ver los diseños de Balenciaga, pero el modisto tenía una agenda muy apretada y envió a uno de sus alumnos, el francés Hubert de Givenchy.

Givenchy, al principio se quedó desilusionado porque creía que era Katharine Hepburn la que acudiría a su taller, pero enseguida se quedó prendado de ella. El modisto no podía confeccionar desde cero el vestuario de Sabrina, así que Audrey Hepburn eligió entre varios vestidos que Givenchy le mostró, y regresó a Los Ángeles con un vestuario verdaderamente parisino. Desde entonces Audrey Hepburn exigió que Givenchy fuera por contrato el responsable de su vestuario, aunque también los seguiría firmando Edith Head como jefa de vestuario del estudio.
Uno de los hitos de esta película en su vinculación a la moda es que los zapatos tipo bailarina que llevaba Audrey Hepburn alcanzaron tal popularidad por ella, que llegaron a tomar el nombre del personaje.

Sabrina constituye un ejemplo de las interesantes relaciones entre moda y cine a través del mito de Pigmalión, que tanto juego ha dado a lo largo del tiempo. Para entender su relevancia y su sentido profundo, hagamos un flashback de más de dos mil años, hasta el poeta romano Ovidio, quien relataba este mito en su obra Las metamorfosis. Pigmalión, rey de Chipre, buscó durante mucho tiempo a la mujer perfecta con la que casarse. Frustrado en su búsqueda, dedicó su tiempo a crear esculturas preciosas para compensar la ausencia. Una de estas, Galatea, era tan bella que Pigmalión se enamoró de ella. La diosa Afrodita se conmovió ante el deseo de Pigmalión y concedió vida a la escultura transformando a Galatea en un ser humano.
De este mito pueden realizarse distintas lecturas. Una de ellas es la búsqueda de la perfección: el mito de Pigmalión nos muestra a un rey obsesionado con la perfección. Solo él podía ser capaz de dar forma aquello con lo que soñaba, tal y cómo lo había estado buscando. Solo él pudo crear a la mujer que deseaba. Sin embargo, carecía de lo más importante… la vida. Con lo cual, tampoco era perfecta. Y es que, en el fondo, la perfección, no existe. Una segunda lectura es el poder del amor: ¿qué es lo que dio vida a Galatea? Afrodita vio el amor de Pigmalión por su escultura y este amor era tan fuerte, que debía materializarse de alguna forma. Por eso, le ayudó haciendo realidad su sueño.
Este famoso mito de Pigmalión ha estado presente a lo largo de toda la Historia en la pintura, escultura, literatura, teatro, óperas, películas, series… Incluso cuentos infantiles, como el de Pinocho, en el que un muñeco de madera se transforma en un niño de verdad, aunque en este caso el títere posee sensibilidad antes de su transformación; es el títere quien implora el milagro y no su creador, el tallador de madera Geppetto. Son muchos los pintores que han retratado el mito de Pigmalión, desde Rodin hasta Goya. En la obra de teatro Pigmalion, de George Bernard Shaw, que es una versión moderna del mito con un sutil toque de feminismo, la florista de clase baja Eliza Doolittle es prácticamente revivida por el profesor de fonética, Henry Higgins, quien le enseña a perfeccionar su acento y conversación para integrarla en la alta sociedad.

Este mito del Pigmalión, aplicado al diseño del vestuario dentro de las historias de las películas, ha dado y sigue dando juego a los figurinistas a la hora de concebir y plasmar en la pantalla la motivación y la evolución de los personajes en la puesta en escena requerida por el director de cara a los espectadores. De manera breve mencionamos a continuación en imágenes algunos casos destacables en la historia del cine.
En Sabrina (1954), la voluntad del personaje de evolucionar desde la sencilla hija del chófer de una apoderada familia a una mujer formada en París se visualiza en el vestuario de este manera.

En la película de Frank Capra, Un gánster para un milagro (1961), Bette Davis es transformada de este modo.

Nuevamente Audrey Hepburn sufre una brillante transformación, precisamente en la versión musical de la obra teatral Pigmalión escrita en 1913 Bernard Shaw, por parte del director George Cukor en My Fair Lady (1964).

Una de las más recordadas transformaciones la protagoniza Olivia Newton-John en Grease (1978).

Pretty Woman (1990) fue un caso evidente de este tratamiento del diseño de vestuario para evidenciar la evolución de Julia Roberts.

Por último, el personaje encarnado por Michael Caine se convierte en un moderno profesor Higgins para transformar a Sandra Bullock en Miss Agente especial (2000).

Volviendo al punto en que nos encontrábamos antes de esta parada, los diseños de Givenchy llevaron los personajes de Audrey Hepburn a otra dimensión de estilo y elegancia y convirtieron a la actriz en un mito de la moda con películas como Una cara con ángel (1957) (ambientada en el mundo de la moda), Charada (1963), Cómo robar un millón (1966) y, sobre todo, la mítica Desayuno con diamantes (1961).

Como apuntábamos al inicio, Audrey Hepburn ejemplifica como ninguna otra la especial conexión entre moda y cine, esa polinización cruzada de la que hablaba Moore. En este caso, por la singular colaboración entre una figurinista y un modisto excepcionales. Fruto de su colaboración destinada solo al ámbito cinematográfico vistiendo a una actriz, está trascendió a la moda llegando a crear tendencia y convirtiéndola probablemente en la modelo más icónica de la historia.

Volviendo a Edith Head, su actriz favorita fue otra mujer que creó tendencia en la moda, Grace Kelly, una de las “rubias de hielo” de Hitchcock. Head trabajó con el maestro del suspense en 11 películas y aseguraba que pese a no saber sobre ropa Hitchcock “hablaba el lenguaje de un diseñador”. Especificaba colores en el guion si lo consideraba necesario y la importancia que daba al peinado hizo que fuese de los pocos directores en incluir en los créditos de sus películas a las peluqueras.

Curiosamente una película de Alfred Hitchcock, Rebeca (1940), está relacionada también con la moda. Su título dio nombre al cárdigan de punto abotonado hasta el cuello que llevaba Joan Fontaine, y esa denominación está recogida en el diccionario de la Real Academia Española.

Grace Kelly nos conduce a un complemento imprescindible en la moda y que naturalmente también ha tenido su reflejo en el cine: el bolso. Merece alusión que una de las casas de lujo por excelencia, como es Hermès, bautizó sus dos productos más exclusivos con el nombre de las actrices más influencers de su época: Kelly y Birkin. Por el momento vamos a centrarnos en el primero, para no desatender nuestro propósito de abrir los cajones de nuestro armario en orden cronológico. El bolso Hermès Kelly es único. Está realizado de modo artesanal, tiene 2.600 puntadas realizadas a mano y se necesitan unas 25 horas por bolso. Aunque su origen data de principios de los años 30 bajo el nombre de sac à dépêches diseñado por Robert Dumas, recibió su nombre del glamur del momento en 1956, cuando Grace Kelly (actriz, icono de moda y Princesa de Mónaco) lo utilizó como escudo para tapar su vientre de embarazada. Había recibido el bolso poco antes a petición de Alfred Hitchcock para utilizarlo en la película de Hitchcock Atrapa a un ladrón (1955) y se enamoró de él al instante. A partir de entonces todo el mundo le llamó de forma espontánea “el bolso Kelly” y en 1977 la propia marca, atenta a los beneficios derivados de ligarse al cine, lo rebautizó así oficialmente.

Tras estas dos actrices que han sido iconos de la moda gracias al cine, en esta misma década de los 50 encontramos a dos actores míticos unidos por su estilo juvenil compuesto por una camiseta, unos vaqueros y una cazadora.
En Un tranvía llamado deseo (1951) Marlon Brando se convirtió en objeto de deseo de muchas mujeres gracias a sus vaqueros y a su camiseta blanca ceñida, que por primera vez se usaba como una prenda exterior de vestir y no interior. Las camisetas que Brando luce en la película fueron creadas especialmente para el actor. En el momento del rodaje no existían prendas tan ajustadas, de manera que la diseñadora Lucinda Ballard, inspirada en las camisetas sudadas de los obreros de la construcción, diseñó un modelo ceñido y de manga corta. El departamento de vestuario lavó varias veces la pieza de algodón para encogerla, adaptándose al cuerpo como una segunda piel. Marlon Brando logró tal impacto que la prenda, en su origen diseñada como pieza interior, se convirtió en distintivo de masculinidad (Lola Delgado, Retales de un idilio). De esta forma el cine «pedía disculpas” por haber hundido esta prenda en los años 30 con la secuencia de Clark Gable que comentamos anteriormente.

Un par de años después, el mismo Brando reforzó el uso de la camiseta blanca popularizando el atuendo motero al combinarla con los vaqueros y una chupa de cuero negra en la película Salvaje (1953).

Si Brando había recuperado la camiseta confiriéndole un carácter sexual como prenda exterior, poco después James Dean convirtió esa camiseta y los vaqueros (unos Levi’s Lee 101 Riders muy azules) en el uniforme de la juventud al aparecer con ellos en la mítica Rebelde sin causa (1955). En ella salía también con una llamativa cazadora roja potenciada por el uso del Technicolor.

Este tipo de camisetas (t-shirt), actualmente es usada por hombres y mujeres, y se ha convertido en un look que vemos cada día hasta la saciedad y que cada cierto tiempo resurge con más fuerza. Hace unos años, por ejemplo, Karl Lagerfeld combinó esta camiseta blanca con las míticas chaquetas tweed de Chanel. Desde entonces son pocas las marcas que no recurren a ella. La camiseta blanca, como los pantalones vaqueros, consiguen democratizar la moda porque casi cualquier persona puede hacerse con una.
